<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-5722040818734249871</id><updated>2012-02-16T04:23:04.186-08:00</updated><title type='text'>Osiris Vallejo</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://www.osirisvallejo.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5722040818734249871/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.osirisvallejo.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Osiris Vallejo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>3</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5722040818734249871.post-6083601273315853464</id><published>2008-12-21T23:06:00.001-08:00</published><updated>2008-12-21T23:06:58.785-08:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5722040818734249871-6083601273315853464?l=www.osirisvallejo.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5722040818734249871/posts/default/6083601273315853464'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5722040818734249871/posts/default/6083601273315853464'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.osirisvallejo.com/2008/12/blog-post.html' title=''/><author><name>Osiris Vallejo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5722040818734249871.post-388527420683784324</id><published>2007-05-24T22:10:00.000-07:00</published><updated>2010-11-07T19:12:37.144-08:00</updated><title type='text'>Osiris Vallejo</title><content type='html'>Nació en la República Dominicana y reside en Estados Unidos desde 1990. Ha publicado los libros &lt;em&gt;Saint Domingue, 2044&lt;/em&gt;, poemario con el que obtuvo el premio Letras de Ultramar, que otorga la Secretaría de Estado de Cultura (2005), y &lt;em&gt;Cicatriz&lt;/em&gt;, una colección de cuentos fantásticos. Ha recibido varios premios literarios por trabajos de ficción, entre ellos el segundo lugar en el concurso internacional de cuentos Casa de Teatro, 2003. Tiene una licenciatura en Ciencias Sociales de City College of New York y estudios de Maestría en Literatura Hispánica en North Carolina State University. Artículos y textos literarios suyos suelen aparecer en periódicos dominicanos y extranjeros.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5722040818734249871-388527420683784324?l=www.osirisvallejo.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5722040818734249871/posts/default/388527420683784324'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5722040818734249871/posts/default/388527420683784324'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.osirisvallejo.com/2007/05/osiris-vallejo_24.html' title='Osiris Vallejo'/><author><name>Osiris Vallejo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5722040818734249871.post-6087908386560184734</id><published>2007-05-24T22:07:00.001-07:00</published><updated>2010-12-16T22:56:20.805-08:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Mauritania era otra historia&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;Los papanatas que lo escuchaban no tenían una idea muy precisa&lt;br /&gt;del lugar en que habían ocurrido esos hechos. Algunos pensaban en Madagascar,&lt;br /&gt;en Persia o en el país de los beréberes.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;El reino de este mundo&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Alejo Carpentier&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Te acercas a la ventana. Ves volar un halcón que se balancea en el viento con paciencia de gaviota. Se acerca. Casi se suspende detrás del cristal. Contemplas con asombro que en la pata izquierda lleva un anillo con una inscripción en un lenguaje que te está vedado. Luego vuela, torpemente y sin rumbo fijo. Tú, que has sido instruido en la interpretación de códigos y símbolos, entiendes de inmediato que nos han invadido los moros. Aunque no es la primera vez que llegas a esa conclusión. Desde que supiste que tu hermana Camila acude a citas con un joven moro que una vez fue trapecista del circo de tu padre, no has podido dormir en paz. Búhos y halcones pueblan tus noches. Te consuela saber que no eres el primero que habita el insomnio por culpa de los moros. En el siglo XIX hubo incursiones violentas. Cruzaron el río Holocausto y la isla estuvo bajo su dominio. Pero en estos tiempos la historia es más sutil. Piensas (cosa siempre terrible) en el infinito acierto de aquel sabio que dijo que el hombre evoluciona de las formas violentas a las formas fraudulentas. Hoy nos invaden en paz, alzando sobre sus cabezas un blanco pañuelo (indudable símbolo de la astucia). Pero nadie te cree. Hace tiempo que tu familia sospecha tu locura. Al principio, cuando les hablabas de la invasión inevitable de los moros, lo tomaban como broma. Tu padre, payaso de profesión, dueño del circo en que por tres generaciones trabaja la familia y del cual tú sólo, sí, sólo tú has desertado, no puede resignarse a tener un hijo que habla en serio, viste de traje y corbata y habla de inminentes invasiones. Nadie te toma en serio. Tu hermano Abel es el único que aún te escucha con algo de atención. Desde hace un mes, acostumbras a seguir a Camila y el moro. Sueles disfrazarte y sentarte a su lado en cafés, parques y restaurantes. Escuchas sus conversaciones. Más de una vez, sin revelarle tus andanzas, claro, le has advertido a Camila que abandone todo contacto con el moro. Pero no te escucha. Pues bien, el hecho es que hoy descubres ese halcón en la ventana. Y te perturba. Te desconcierta. Y sientes que la invasión de los moros es ya un hecho; que ya se acerca. Que ya toca a la puerta. Iluminado por tu descubrimiento, sales a la calle. Caminas muy deprisa por las aceras, adornadas con el azul profundo de pinturas tropicales desplegadas por moros mercaderes. Casi corres. Subes las escaleras que conducen a la oficina de tu hermano Abel. Le dices que por fin has confirmado tu eterna sospecha. Que nos invaden los moros. Que nos invaden pacíficamente. Él pone rostro de aburrimiento y te pregunta de qué hablas. Le recuerdas lo que le has dicho siempre: que si ayer los moros nos subyugaron por la fuerza, hoy lo hacen por medio de la sutileza. Te dice que son tonterías. Que no le asusta nada de eso.&lt;br /&gt;-Pero, sal a la calle –le dices-. Mira fijamente el rostro de los mercaderes. Verás, como lo ve todo buen observador, que una mueca involuntaria los delata. Que un gesto simple declara sus intenciones.&lt;br /&gt;-Tú estás al borde de la locura.&lt;br /&gt;-Lo he visto. Lo sé. Es cierto que un halcón en mi ventana es un símbolo dudoso. Pero la realidad de todos los días confirma la veracidad del símbolo.&lt;br /&gt;-Tú estás al borde de la locura. Ver búhos y halcones con anillos en las patas y de ahí concluir que alguna invasión nos amenaza, te hace digno del manicomio.&lt;br /&gt;Abel medio sonríe. Se sienta en el amplio sillón detrás del escritorio. Se torna pensativo. Te mira fijamente y comprendes que en verdad te cree loco. Te molesta que no sea capaz de ver las cosas con seriedad. Pero, tal vez esperas demasiado de él. Tomar con seriedad las cosas no ha sido nunca virtud suya. Siempre ha vivido en el circo y para el circo. Abel ahora permanece en silencio, adoptando una postura meditabunda, cosa rara en él. Tú miras a través de los cristales de la oficina que dan a la calle. Ah, los cristales. Ah, las ventanas. Siempre revelan la entrada a algún laberinto. Descubres que justo frente a ustedes están tu hermana y el moro. Te acercas más a los cristales, de manera que ahora Abel y tú se dan la espalda. Abel es de visión corta. Él, en su sillón confortable, habita otro mundo, otro espacio. Pero aunque estuviera también mirando a través de los cristales no entendería por qué el moro, que está sentado en el restaurante del otro lado de la calle, toma de la mano a tu hermana Camila, en quien aun a distancia te parece distinguir un rostro que revela enojo profundo. Él le entrega un ramo de rosas. Ella no voltea para mirarle; falta la sonrisa que suele verse en estos casos. El moro ahora pretende acercarse al oído de Camila. Ella permanece inmóvil. Quieres ver el espectáculo más de cerca, pero no puedes. Si Camila te viera entrar, preguntaría de inmediato: ¿Qué buscas aquí? Y el moro te miraría con ojos airados. Pero estás de buenas, porque ahora los ves salir del restaurante. Le dices a Abel que vuelves luego. Bajas las escaleras desesperadamente. Sigues a tu hermana y al moro. Cuidas minuciosamente que no logren verte. Cruzan y cruzas múltiples calles y avenidas hasta llegar al Parque de los Perdidos. Los ves buscar un lugar apartado, detrás de una hilera de copiosos árboles. Caminas oculto hasta colocarte justo detrás de ellos, hasta el punto en que puedes oír sus palabras.&lt;br /&gt;-¿Por qué no? -pregunta él.&lt;br /&gt;-Es que somos muy distintos -responde Camila.&lt;br /&gt;-No tanto.&lt;br /&gt;-Sí, lo somos. Perdóname, pero no.&lt;br /&gt;Camila prosigue con su no rotundo que, aunque dicho en voz baja y suave, parece resonar por todo el parque.&lt;br /&gt;-Pero, ¿cómo es posible? Me desconciertas -dice el moro, en una voz que pasa de grave a aguda.&lt;br /&gt;De no ser porque no te es posible verle el rostro, jurarías que el moro se halla al borde del llanto. Casi te lo figuras con los ojos húmedos.&lt;br /&gt;Continúa su discurso con voz quebradiza y medio nerviosa. Con insólita cursilería, dice que Camila no lo quiere porque es pobre. Que seguramente le desilusiona el color de su piel. Dice, en un tono que oscila entre el orgullo y la tristeza profunda, que la negritud es su estancia irremediable.&lt;br /&gt;-A lo mejor te has dejado influenciar por las ideas de tu abuelo, quien me odiaba profundamente. Sí, es verdad, Don Juan Pablo siempre me odió. Sí, siempre me odió Don Juan Pablo. ¿Acaso tú también me odias por eso? Dime, ¿es esa la razón? No guardes silencio. Mi oscurísima piel es la causa de tu rechazo. Pero, ¿por qué?, si casi hemos crecido juntos, si somos vecinos desde hace tiempo. Dime, ¿por qué?&lt;br /&gt;-No, no es eso. Es que nuestras familias son tan distintas. Es que estamos tan lejos; no es la raza. Es el idioma, las ideas, la historia. No pienses que es la raza, no. La religión, tal vez.&lt;br /&gt;El moro le pide que no lo rechace. Que no desprecie su miserable condición. “Porque eso he sido siempre. Sí, un miserable”. Aquí, la aparente firmeza de Camila parece sufrir una metamorfosis. La rotundidad del no inicial es reemplazada por un silencio largo que más bien parece un “es posible”. A ti empieza a palpitarte fuertemente el corazón. Temes que ella sucumba ante las pretensiones del moro. La firmeza y la corrección de sus palabras no habían logrado nunca que Camila cambiara de opinión. Pero ahora que la voz del moro se ha tornado quebradiza y semiaguda, comprendes que todo puede pasar. Ahora que él acude a la impúdica mención de su miseria, se ve venir el sí. La miseria es un arma como pocas. Tiene la debilidad sus ocultos martillos. El moro continúa flagelándose hasta la sinrazón, reduciendo su estatura hasta lo irreductible. Tú comprendes que el sí es inminente, que ya viene. Percibes que Camila se acerca a él. Y no puedes soportarlo. Comienzas a alejarte silenciosamente. Mientras te alejas, descubres un hueco entre los árboles que te permite divisar los dos cuerpos. Él la toma de la mano. Ella medio sonríe. Observas que en su brazo izquierdo el moro lleva un brazalete dorado con una inscripción en un lenguaje que te está vedado. Te perturbas de tal modo que tropiezas con una piedra incrustada en el suelo, alertando de ese modo a tus espiados. Echas a correr desesperadamente, ignorando el “¿quién anda ahí?” del moro.&lt;br /&gt;Corres sin pausa hasta la oficina de Abel.&lt;br /&gt;-Ahora estoy seguro. Nos han invadido los moros.&lt;br /&gt;-Vuelves con lo mismo. No me asusta que haya moros de este lado de la isla. No veo qué te preocupa. La verdad es que no lo veo. Te lo he dicho. Lo mismo que moros hay chinos, y no por eso se nos cae encima el mundo.&lt;br /&gt;-No es lo mismo, sólo contra los moros nos previene la historia. Temo que aquí, en esta misma oficina, pero no ya detrás del escritorio de la administración del circo, sino en condiciones menos dignas, un hijo tuyo (Omar, por ejemplo), no hable español, sino árabe.&lt;br /&gt;-Pero, ¿de qué hablas? -pregunta Abel.&lt;br /&gt;-Es que no lo entiendes -le dices, mientras miras al cielo a través de los cristales y ves que la noche se acerca.&lt;br /&gt;-Sí, yo entiendo muy bien, y lo que entiendo es que has enloquecido, que ya no tienes remedio. Que eres digno de un hospital. ¿Qué importa que estén aquí los moros? ¿Qué importa que se casen aquí y vivan felices? ¿Qué importa? Dime. Ya estoy harto; ya no soporto esta obsesión tuya. Siempre es lo mismo. Que si nos invaden; que si perdemos la isla, que si volvemos al pasado; que si nos quitan todo; pues ya, y &lt;strong&gt;&lt;em&gt;ojalá&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo entonces comprendes que ya es tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***********************************************************&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;"&gt;Vista Infinita desde una Ventana&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;Todos los días, a las dos en punto de la tarde, se lanza alguien al vacío desde la azotea del edificio de enfrente. La primera vez que lo contemplé fue tal mi asombro que empezó a fallarme la respiración. Me costó gran esfuerzo caminar hasta el teléfono y llamar a la línea de emergencias.&lt;br /&gt;-Corran o será demasiado tarde. Alguien se lanzó de un quinto piso, aún se mueve en tierra. Por favor, vengan.&lt;br /&gt;-Pero…aah…¿por qué se halla usted tan agitado?&lt;br /&gt;-¡Cómo! ¿Le parece poco?&lt;br /&gt;-No se exalte tanto por algo que pasa a diario. Enviaremos a alguien dentro de unas horas para que recoja el cadáver.&lt;br /&gt;-Pero…&lt;br /&gt;-Hasta luego –articuló la voz en forma concluyente, antes de colgar precipitadamente el teléfono.&lt;br /&gt;Me acerqué nuevamente a la ventana. La gente cruzaba indiferente. Nadie se detuvo. Nadie. Cuando llegaron mis tíos les conté lo sucedido. Se rieron a carcajadas. Me dijeron que aquello era un ritual cotidiano. Después se fueron a dormir la siesta. Yo, que había llegado del Sur el día anterior, no entendía nada; y no entender es terrible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora, diez años más tarde, al contemplar sin asombro el acto infinito, entiendo; cada vez más, entiendo…y eso es más que terrible. &lt;/p&gt;&lt;p&gt;*******************************************************************&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:180%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;La Mujer del Aposento&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Detrás de la puerta entreabierta, observé el perfil delgado de una mujer. La vi empacar unas maletas. Parecía tener prisa, como si le aguardase un viaje inminente.&lt;br /&gt;-¿Quién es ella? –le pregunté a mi hermano Andrés.&lt;br /&gt;-¿Ella? ¿Quién? –respondió interrogativo.&lt;br /&gt;-La mujer detrás de la puerta.&lt;br /&gt;-No hay aquí mujer alguna.&lt;br /&gt;-Pero, acabo de ver una mujer.&lt;br /&gt;-No bromees.&lt;br /&gt;Andrés sonrió. No supe si lo hizo porque escondía cierto secreto y sonreír era la mejor forma de que pasáramos a otro tema o si realmente pensaba que estaba bromeando. Pero, ¿cómo? No. No era posible que él ignorase la presencia de esa mujer. De todos modos, no pensé mucho en ese incidente. Mi hermano siempre fue muy discreto con sus cosas, y yo temí ser inoportuno. Además, nunca fuimos amigos íntimos, tal vez ni siquiera amigos. Creo que ambos abrigamos siempre el mismo sentimiento, la misma reciprocidad incierta: nostalgia si no nos veíamos y casi indiferencia al encontrarnos. Pero, en fin, no le interrogué más sobre aquella mujer. Me alegré de verlo por primera vez en dos años. Terminé mi copa de vino, le di un abrazo y tomé el avión de regreso a Nueva York. Vi a través de la ventanilla, con ojos profundamente tristes, el paisaje de aquella tierra que antes fue esta tierra, y que acaso algún día volverá a serlo. Ya hace un mes que llamó mi hermana Nora para darme la noticia de que Andrés había muerto. Me dijo que lo encontraron bañado en sangre en la vieja casa familiar del sur. Con cierto grado de inquietud me contó que en uno de los aposentos de la casa encontraron una serpiente enorme. Recibí la noticia sin mucho asombro, sin horror alguno, porque de algún modo ya lo intuía. Me senté frente a la mesa del comedor del apartamento y me puse a anotar algunas líneas en mi diario que, con ligeras modificaciones hoy presento como ficción. Justo en ese momento escuché que alguien tocaba a la puerta. Me acerqué al ojo mágico y vi el perfil delgado de una mujer alta y hermosa. Abrí la puerta. La mujer buscaba a un tal Cortés. Le dije que había tocado a la puerta equivocada; que no conocía a ningún Cortés. Aun así, por unos segundos pareció no entender. Me miró de forma extraña por un buen rato y luego se fue sin siquiera disculparse. Me quedé pensando en esa mirada; en ese rostro hermoso, aunque excesivamente maquillado; en ese mar insondable; en la calculada frialdad de esos ojos azules. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5722040818734249871-6087908386560184734?l=www.osirisvallejo.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5722040818734249871/posts/default/6087908386560184734'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5722040818734249871/posts/default/6087908386560184734'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.osirisvallejo.com/2007/05/cicatriz-cuando-alberto-su-marido.html' title=''/><author><name>Osiris Vallejo</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry></feed>
