Parábola de un tránsfuga



Pudo haber dado unos pasos para acercarse al espejo, pero en cambio decidió llevarse la mano derecha al rostro y comprobar por sí mismo que su nariz había desaparecido; que sus fosas nasales no eran más que unos pequeñísimos agujeros apenas perceptibles. Una inefable sensación de ausencia, de órgano mutilado, le recorría la parte central del rostro. Pero no se dejó abatir por el asombro, más bien, se dirigió al ropero, con toda la naturalidad del mundo, y tomó el abrigo, la bufanda y el sombrero gris que siempre guardaba en un pequeño baúl de madera, objeto raro que era acaso el último vestigio de un tiempo espiritual que ya no tenía alas. Una vez armado de su indumentaria invernal, salió del sombrío apartamento, entró al ascensor, bajó los seis pisos, y se halló fuera del edificio antes de darse cuenta de que daba inicio a su nocturno ritual, a su diario e incierto paso entre las sombras y hacia las sombras.

Se detuvo. Miró desapasionadamente a los centauros que trotaban a su entorno. Creyó haber visto entre ellos a uno de sus hijos. Le llamó. Mas se percató de inmediato de que no era tal, de que existía  sólo una ligera similitud entre su hijo y aquel germen callejero. De todos modos no pudo evitar el deseo de sermonearle un poco y enviarle a casa. Con ese objeto, se apresuró a acercársele, mas desistió de su empresa cuando el pequeño centauro le mostró los afilados colmillos. Entonces, comprendió que ya todo era inútil; que no hay salvación para los centauros, tal vez ni siquiera para sus propios centauros. “Es inútil, irremediablemente inútil”, repetía, mientras se alejaba, cabizbajo.

Comenzó a alejarse muy deprisa. Introdujo las manos hasta la parte más profunda del abrigo. Atravesó la calle atestada de autos. Poco antes de llegar a la esquina, alzó la mano en señal de saludo a uno de sus vecinos sin rostro. Éste, por su parte, articuló un par de signos ininteligibles, pero que indicaban claramente que aceptaba el saludo.

    -Le acabo de saludar –pensó-, pero tal vez ni siquiera sepa mi nombre. Apenas  ha de saber que vengo del Sur; pero seguramente ignora que me llamo Norberto Espada. Mas, qué importa, si a estas alturas mi nombre es lo de menos. Norberto Espada. Ya ni siquiera estoy seguro de que ése sea mi nombre. A lo mejor soy otro. Quizá me llame John Adams o Joe Williams. En fin, en esta dimensión casi todo da igual.

Tras estas cavilaciones, se llevó la mano derecha al rostro para que el tacto le refrescara la memoria. Sintió su propia respiración como el jadeo pedestre de una bestia herida. Sus agujeros nasales batallaban sin tregua por trepar la plenitud de un círculo perfecto.

Algo le extrañaba sobremanera del rostro de casi todos los transeúntes: tantas caras despobladas, con apenas un par de líneas horizontales en lugar de los labios. Algunos  aún conservaban uno de los ojos; muy pocos toda la cara.

Los pasos de Norberto, infinitamente agigantados, habían reemplazado el parco y tenue caminar de antes. La prisa y el fuego se habían convertido en su vocación. Además, ya había comenzado a transitar el camino de la indiferencia. Es por eso que cuando alcanzó a ver aquel puñado de jóvenes con los brazos mutilados, parados a un lado de la calle como si estuviesen a la espera de alguien, prefirió fingir que bostezaba e ignorarlos. No, no eran mendigos, mas bien vendedores de insulsos espejismos

Se detuvo. Se sentó en un banco del parque, y allí permaneció hasta que el frió le agujereó el alma. Luego caminó por largo rato hacia el sur, por la avenida, como buscando a alguien, como rastreando algo. Después, la duda le hizo llevarse las manos al rostro, para descubrir entonces que uno de sus ojos ya no estaba. Sintió un ínfimo palpitar del vientre y una náusea desesperante que le hizo regresar deprisa a la encumbrada cueva de donde había salido.

Se miró al espejo: la frente helada, la oreja izquierda multisegmentada y a punto de desprenderse, desierta la mitad del rostro. Sólo permanecían los labios y un ojo, sumidos en el más profundo desamparo. Sonrió, entonces, y empezó a desear que se le despoblara todo el rostro: que no hubiera ojo, que no hubiera labios; para igualarse al mundo…para andar sin antifaz.

Osiris Vallejo



Osiris Vallejo es un escritor y profesor universitario que nació en la República dominicana y reside en los Estados Unidos. Ha publicado los libros Saint Domingue, 2044, poemario con el que obtuvo el premio Letras de Ultramar (2005), que otorga el Ministerio de Cultura de la República Dominicana, y Cicatriz, una colección de cuentos. Ha recibido varios premios literarios por trabajos de ficción, entre ellos el premio internacional de cuentos Casa de Teatro (2003). Tiene una licenciatura en Ciencias Sociales de City College of New York y una Maestría en Literatura Hispánica de North Carolina State University. Osiris Vallejo ha vuelto obtener el premio Letras de Ultramar (2014), esta vez en el género de cuento, por el libro Dimensiones del Espejo.